martes, 30 de enero de 2018

Movilidad, la disputa en los medios de comunicación

Movilidad, la disputa en los medios de comunicación
Por Héctor Zamarrón*

¿Cómo hablar de peatones, ciclistas, transporte público y movilidad en una sociedad donde ninguno de ellos pinta frente al reinado del automóvil?
¿Cómo lograr que los reporteros y editores se interesen en estos temas, que los directivos en los medios acepten asomarse a los nuevos fenómenos que están ocurriendo en las ciudades más importantes del mundo, convencerlos de que estamos frente a un fenómeno global?
Hace tiempo, envié a una reportera a cubrir una protesta de un grupo de ciclistas –los Bicitekas, desconocidos entonces--  contra el segundo piso en el Periférico que el entonces jefe de Gobierno había anunciado. Ella me miró con cara de sorpresa y dijo “¿En serio? ¿Y esos quiénes son? ¿Por qué vamos a cubrir eso?”. Otro día, un directivo de plano me recomendó: “Mejor dedícate a una revista donde puedas hablar de bicicletas”.
Comenzaba apenas el siglo y era muy difícil convencer a los medios de que había una tendencia en el mundo, madurando.
Hoy en día, aún es difícil colocar temas de movilidad en la esfera pública, no tanto como solía ser, pero se batalla en serio.
La explicación es relativamente sencilla, la misma disputa por el espacio público a la que asistimos todos los días en nuestras ciudades se refleja en los medios. La omnipresente industria automotriz y todo lo que conlleva, desde las obras viales hasta la regulación del tránsito, ocupa diez veces más espacio que la movilidad.
Tanto así que en la radio, la televisión y los diarios hay suplementos, secciones y programas especiales dedicados a los autos. Cualquier cosa que pase con ellos es noticia, lo mismo una inversión en una planta que la modificación o supresión de la tenencia.
Después de todo, los autos mueven a la economía y en México se vive una fiebre automotriz.
En enero de 2015, la industria automotriz exportó unos 7 mil 500 millones de dólares, poco más de la cuarta parte de las exportaciones totales mexicanas, según el INEGI.
En la ciudad de México se registran menos nacimientos que venta de automóviles.
El crecimiento de la industria automotriz parece imparable: en tres años México será el cuarto exportador de automóviles y el quinto productor de vehículos motorizados en el mundo, según estima la consultora Ernest & Young.
Por eso a quienes desde los medios tratamos de visibilizar el tema de la movilidad nos cuesta tanto. El peso en la economía de las bicicletas, de los peatones, de los camiones, no pinta frente a este imperio vehicular, nos enfrentamos a una visión glamorosa de inversiones, tecnología, empleos, etc.
Sin embargo, las consecuencias que esto acarrea en nuestras ciudades son evidentes. Vivimos en urbes tomadas por los automóviles, con sus espacios públicos deteriorados, en un ciclo interminable que, como una rueda, arroja cada día más vehículos a las calles. Es un bucle que perjudica nuestra salud contaminando el aire que respiramos, llenando de hollín nuestros pulmones, de aceite quemado las calles, inundando de ruidos de motores y cláxons sin cesar, invadiendo las aceras.
Cada vez también, se planean nuevas obras viales para tratar de aligerar los embotellamientos que ya son una característica distintiva de las ciudades mexicanas, no importa si hablamos de Tuxtla Gutiérrez o Tijuana, de Papantla o de Cholula, de León o Querétaro. En todas se viven atascos viales en horas pico.
Por eso desde los medios, quienes trabajamos en temas de movilidad, descubrimos que algo está cambiando en el mundo. Un nuevo aroma se esparce en el aire y hay que estar listos para percibirlo, para participar de un cambio completo de concepción sobre nuestra vida en las ciudades y nuestra relación con el espacio público.
Y aunque difícil, el desafío desde los medios es acompañar a quienes comparten ese descubrimiento en la sociedad: urbanistas, activistas, funcionarios, artistas, etc., para ir construyendo una nueva cultura de la movilidad. Vivimos en sociedades mediáticas y hay que visibilizar estos temas para darles la jerarquía que merecen.
Tras un siglo de predominio del automóvil privado en las urbes, desde su creación a principios del siglo XX, por fin reaparece la bicicleta, colocada no como un vehículo para los pobres, sino como una opción real de transporte y adecuada a los tiempos modernos.
Pero también la bicicleta podría ser lo de menos, lo que de verdad importa es que tras su impulso hay una visión del mundo diferente, que ve posible la utopía de contar con ciudades hechas por y para la gente. Una visión de ciudades humanas donde la primacía la tengan el peatón y la bicicleta. Una ciudad donde el espacio público esté dentro de lo más preciado. Donde la equidad importe. Donde pedalear libremente sea posible. Una ciudad sobre dos ruedas, llena de mariposas porque, como Albert Einstein dijo en una de esas tardes calurosas en las que dejaba la oficina y salía a pasear en su Schwim: “La vida es como andar en bicicleta, para conservar el equilibrio hay que mantenerse en movimiento”.

* Héctor Zamarrón es un periodista que un buen día redescubrió la bicicleta y cayó enamorado de ella. Desde 2008 mantiene un blog sobre bicis (elmanubrio.blogspot.mx), trabaja para el Grupo Milenio en televisión, diario y web y, cada que puede, viaja por la Ciudad de México en su mariposa.



jueves, 7 de diciembre de 2017

Días de radio

La radio es un medio maravilloso para llegar a los oídos del mundo. Quizá no sea lo que más he practicado en mi vida como periodista pero no deja de maravillarme y encantarme.
Esta es una pequeña selección de mis Días de radio.



Holanda Nederland

La revolución en los autobuses

La ola verde

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20 mil km de viaje en "bici" por la ruta de la seda


Más que proeza, Sonia y Felipe consideran que fue una lección de vida; ambos compartirán esta experiencia en el Foro Mundial de la Bicicleta, el próximo 19 abril, en la CdMx.
México
A un en tiempos de globalización, cruzar el mar de Mármara, el Bósforo, Turquía, Irán, India, Nepal y China en un solo viaje es, sin duda, el viaje de una vida, y más si lo haces en bicicleta.
Los arquitectos mexicanos Sonia Medina y Felipe Mendoza decidieron seguir la ruta de la seda y tras un viaje de más de 20 mil kilómetros llegaron a Xi’an, la antigua capital de China, luego de haber salido desde Ámsterdam uno, y desde Bucarest, ella.
Y aunque se toparon con el estrés, la contaminación y un tráfico similar al de la Ciudad de México al llegar a Estambul, la mayor parte de su viaje fue por caminos secundarios y llenos de naturaleza, de la que aún hablan extasiados en entrevista para MILENIO.
Recién llegados a fines del año pasado, después de haber salido desde octubre de 2015, Sonia y Felipe preparan una presentación de su viaje para el Foro Mundial de la Bicicleta que comenzará en la Ciudad de México el 19 de abril.
Ambos participan de la comisión que recibirá a más de 200 cicloviajeros que, como ellos, se han aficionado a usar la bicicleta como medio de transporte en largas distancias.
“Sabemos lo que implica el cicloviaje, en lo que podamos apoyarlos y también daremos una plática en el foro”, explicó Sonia.

El idioma de señas y la necesidad de hacerse entender en las antiguas repúblicas soviéticas de Armenia y Georgia no les impidieron seguir los pasos de otros aventureros, como aquel personaje de Baricco en Seda, Hervé Joncour, que buscaba traer gusanos de seda a su pueblo en Francia.
Ellos más bien iban a Oriente para observar cómo a lo largo de ese viejo camino, las construcciones y las formas de habitar el espacio —al fin arquitectos— marcaron civilizaciones enteras y la relación de sus habitantes con el entorno, con el uso de materiales cercanos. 
Y en pos de vivencias, paisajes y aventuras, por supuesto.
Si bien Marco Polo, el más famoso aventurero de la historia, hacía una ruta similar, pero saliendo de Venecia, Felipe eligió Ámsterdam como los burgueses del siglo XVI que llevaron las especias al norte de Europa.
“Y en Irán le gritaban a Felipe ‘¡Marco Polo!’ mientras reían a carcajadas”, recuerda Sonia. “El mejor piropo que me han hecho”, concluye él.
El viaje lo hicieron a bordo de bicicletas “de panadero”. 
“Al final estás en medio de las montañas o perdido en el desierto, y si te fallan los frenos, entre más básica sea la bici es más fácil repararla. Tú eres el único mecánico disponible y así conseguir refacciones es más fácil”, argumentó Felipe.
Tampoco invirtieron mucho dinero en su periplo gracias a Warmshowers, una red de cicloviajeros que alrededor del mundo ofrecen, una cama y regadera para los ciclistas que van de paso.
Pero también a la generosidad de la gente.
“Teníamos unos patrocinadores fantásticos, la gente que encontrábamos en el camino y también otros ciclistas que hallábamos al paso, toda una red”, dijo Felipe.
Dormían en medio de las montañas, en tiendas de campaña y donde podían, sin temor alguno, excepto a los animales nocturnos y una vez a un grupo de jóvenes en motonetas que los persiguió en la India (solo querían tomarse una selfie con ellos).
 La comida tampoco fue un gran problema, incluso, narra Sonia, en los campos y sembradíos de China tomaban directamente de los cultivos frutas y verduras para comer. Solo en India resintieron un tanto la abundancia de especies en los guisos y la falta de proteína.
“Como todos los viajes, depende del tipo de viaje que quieran hacer. Cambia cuando en vez de viaje se convierte en tu forma de vivir. Fue un año que al final se despliega en varios años de tu vida”, razona Felipe.
Parte de la historia la adelantó Sonia en el portal de Cletofilia y la documentaron en imágenes que subieron a su página https://rodarespacios.wixsite.com/seda y divulgaron en su cuenta de Twitter @rodarespacios. 
En una vieja libreta de pasta dura, el germen de un próximo libro, Sonia atesora su bitácora llena de trazos, croquis y dibujos de esos meses pasados en tierras del antiguo imperio otomano, la dictadura soviética, la tierra de los zares, las dinastías chinas.
La arquitecta dice que del viaje le queda “muchísmo aprendizaje. Mientras más nos vamos acercando a lo que eran las antiguas civilizaciones, más nos damos cuenta de que todos somos iguales y estamos de alguna u otra manera conectados. Que nuestras formas de vivir vienen desde el Oriente”.
Para ambos, más que una aventura ciclista o una proeza deportiva donde cruzaron 24 países y más de 20 mil kilómetros, se trató de un viaje que les deja aprendizajes y lecciones de vida.


lunes, 12 de junio de 2017

Un nuevo paradigma urbano, el caso de la Ciudad de México

LAS CIUDADES MEXICANAS PARECIERAN ESTAR A AÑOS LUZ DE DISTANCIA DE ÁMSTERDAM Y COPENHAGUE, ¿ES ASÍ?
por Héctor Zamarrón*
Al salir del aeropuerto de Ámsterdam me llevé la primera desilusión, o mejor dicho, desengaño. En lugar de la urbe de cuento que tenía en mente, llena de bicicletas, construida a fuerza de lecturas, películas y fotografías en Twitter, Instagram y Facebook, me topé en cambio con un periférico en hora pico, repleto de automóviles y bastante similar al de la Ciudad de México. Era octubre de 2016, cuando junto con un grupo de activistas, académicos y funcionarios de Puebla viajamos a los Países Bajos a conocer las soluciones que los holandeses han encontrado para lidiar con sus problemas urbanos, desde el agua hasta la congestión en las ciudades.
Meses antes, en Copenhague, la otra Meca ciclista del norte de Europa, me pasó algo similar. Llegar al centro de la capital danesa, y verlo lleno de automóviles fue un golpe en pleno rostro. Me sentí engañado. No existía tal paraíso en la tierra. Los autos se habían apoderado hasta de los reductos más presumidos por el activismo ciclista en el mundo, y en México en particular.


EL CASO DE ÁMSTERDAM
Sin embargo, en realidad, eran sólo las primeras impresiones que en cosas de horas desaparecieron, pues sí, esas dos ciudades sí son paraísos para trasladarse en bicicleta por sus calles. Entonces ¿qué ocurría? Que a diferencia de otras urbes, tanto en la capital danesa como en Ámsterdam aprendieron a repartir las calles de un modo distinto al que está en boga.
Sí, Ámsterdam tiene hermosos canales, y en el casco antiguo se puede rodar sin problemas lo mismo que en el resto de los Países Bajos; en Utrecht, sobre todo, quizá donde mejores condiciones encuentren los usuarios de la bici como medio de transporte. Empero, junto a sus canales también es posible ver estacionados autos último modelo que pagan el alto costo de hacerlo.
Desde que en los años setenta daneses y holandeses comenzaron a revertir la tendencia que favorecía sólo a los automovilistas, mediante consultas y referéndums, se fue encareciendo el uso del auto privado y aumentando la disponibilidad de transporte público, a la par de im- pulsar el uso de la bici. Hoy día sí es posible llegar en carro al centro de Copenhague, claro está, pero es mucho más sencillo y barato montar una bici que después se deja en la puerta del destino elegido.
Cuando un grupo de padres en los años setenta se negó a permitir el paso al barrio de Pijp a los automovilistas y los niños encabezaron marchas para exigir seguridad vial, no a las muertes por accidentes y lugares para jugar, el cambio en la ciudad comenzó a volverse realidad. Claro que también ayudó el alto precio del petróleo en esos años de surgimiento de la OPEP, como quizá pueda ocurrir ahora en México con el gasolinazo.
COPENHAGUE Y LA CIUDAD DE MÉXICO
Al igual que en Ámsterdam, hay un lenguaje implícito en las calles que de manera intuitiva descifran los usuarios, detrás del cual se encuentran los urbanistas que estudian las líneas de diseño de peatones y ciclistas, limitan velocidades, distribuyen el espacio vial, señalizan y educan a la población, de manera que andar en bici resulte natural y termine por imponerse como la decisión más lógica y económica al momento de tomar determinaciones de transporte. Vistas a través de esos ojos, las ciudades mexicanas y, en particular la Ciudad de México, parecen estar a años luz de distancia, con sus poco más de mil personas atropelladas cada año y el voraz apetito de los chilangos por los automóviles y la velocidad.

YA SE VE EL CAMBIO
•”De apoco crece el número de personas que eligen caminar unos metros más al día, que cambian el incómodo e inseguro transporte público por la bicicleta, que comparten el automóvil”.

Puede ser, sin embargo, un lugar para la esperanza, pues desde hace por lo menos 15 años se gestó un cambio de paradigma que, a mi juicio, es irreversible. Parece menor, su lentitud desespera de repente, pero no tiene marcha atrás. Es un cambio cultural que ya se logró. De a poco crece el número de personas que eligen caminar unos metros más al día, que cambian el incómodo e in- seguro transporte público por la bicicleta, que comparten el automóvil. La transformación llegó incluso al ámbito legislativo: tenemos Ley de Movilidad, nuevo Reglamento de Tránsito y la misma estructura del gobierno local comienza a cambiar en favor de ese dúo ideal: peatones y ciclistas, al tiempo que diputados y senadores toman el uso de la bici como causa.
Para este otoño tendremos nuevas cifras, por vez primera en una década, sobre cómo nos movemos en la metrópoli. La encuesta origen-destino que levantará el INEGI en julio nos dará la pauta de cuánto hemos cambiado. Será como vernos al espejo y descubrir que somos más listos, que confiamos más en el futuro, que a pesar de las arrugas de la experiencia y el escepticismo que no compra ilusiones a la primera, sí es posible ser optimista respecto del futuro vial de la Ciudad de México. El paradigma ya cambió. Otras metrópolis, como Puebla, Guadalajara, Morelia, Oaxaca, Chihuahua, entre otras, comparten ese camino. Hagamos que muchas más se sumen, todavía es tiempo.
* Publicado en la Revista City Manager
revistacitymanager.com/city-manager/un-nuevo-paradigma-urbano-el-caso-de-la-ciudad-de-mexico/

martes, 27 de diciembre de 2016

Tres días para cambiar al mundo... en bicicleta


Por Héctor Zamarrón

Cuando Yeriel Salcedo, un conocido activista de la bicicleta en Guadalajara, me contó sobre el Bike-Bike no entendí bien más allá de que se trataba de una reunión de ciclistas urbanos de todo el mundo, sobre todo de Norteamérica, a la que valía la pena acudir.
Así que acá estoy, en Guadalajara, meses después de aquella ocasión, rodeado de jóvenes de Oregón, Carolina del Norte, Sacramento, Tacoma, Seattle, Salt Lake City, Vancouver, Nueva Orleáns y San Francisco, que buscan aportar a la tarea de cambiar al mundo, o al menos a sí mismos.

Esa es la filosofía bajo la que se mueven en esta serie de talleres comunitarios que durante tres días hacen del Bike-Bike una fiesta de la equidad.
Raquel Treviño, de Monterrey, cuenta cuál es la diferencia entre un congreso tradicional y este encuentro.
“En una conferencia arriba del templete siempre hay una figura autoritaria. Aquí preferimos reunirnos en lugares no tan formales y organizar talleres donde, sentados en círculos para que todos tengan la misma jerarquía, intercambiamos información con mucho respeto, porque todas las experiencias son válidas e importan”.
De hecho, para participar en el encuentro, los participantes deben firmar el “acuerdo de espacios más seguros”, donde se comprometen a respetar identidades, pronombres de género preferido, practicar la ayuda mutua, “la anti-violencia y la construcción de comunidad”.

A practicar la equidad

Es sábado, hora de la comida comunitaria y Allison carga un bulto de jitomates. Un hombre se aproxima con intenciones de ayudarla pero un gesto de ella lo interrumpe rápido y con un gesto alegre le replica: “Qué tiene tu espalda que no tenga la mía”.
Así, una de las discusiones del primer día fue si los baños deberían o no tener etiqueta de género.
Hay más de dos centenares de jóvenes distribuidos en tareas. Unos participan en un taller de bicicleta y género, otros reparan sus vehículos mientras un par de organizadores supervisa la venta de recuerdos: pegatinas, playeras, carteles.
Cata, la encargada de la cocina, dirige a una decena de güeros que  pican cebollas y tomates mientras cuenta que ella tiene un comedor vegano, sí, no vegetariano sino esa variante más radical que implica cero contenido de elementos de origen animal en la cocina.
Junto con su proyecto de cocina, Cata comparte el espacio con una amiga que tiene una chocolatería también vegana y otro amigo que mantiene un espacio para sanación y terapias.
Así, aquí se discute en los talleres sobre resolución de conflictos, diversidad, espacios seguros y voluntarios.

Sueños fugaz

A Marcel Mathieu, chileno, le llama la atención la cámara que usamos y se acerca a contarnos que está por hacer un viaje desde México hasta Santiago de Chile en bicicleta, con el fin de difundir el síndrome de Asperger y armar redes entre las fundaciones que existen en ambos países. Su proyecto está en fondeadora.mx
Los organizadores mexicanos del Bike-Bike son Guadalajara en Bici, Rila Libre y muchos grupos ciclistas más que donan su tiempo para preparar desde la página web hasta las comidas y fiestas de esta suerte de comuna fugaz, que durante tres días les permite a sus asistentes soñar con el cambio.

Sembrara la semilla

Uno de ellos, Ollin Monroy de Gdl en Bici, cuenta: “Hay muchísima gente que apoya aquí, el Bike-Bike no es no tanto una conferencia como sí una cumbre  de diferentes proyectos ciclistas y comunitarios que se reúnen, intercambian información, mejores practicas, ideas para proyectos, nacientes, que pueden crecer”.
Si del encuentro en México, prosigue Ollin, se siembra la semilla de cómo hacer un proyecto comunitario tendremos éxito.
Las sesiones se dividen entre el centro cultural La Fábrica de Chocolate y la Casa Ciclista, una iniciativa de la sociedad civil que ha recibido a más de un centenar de viajeros ciclistas en sus siete años de existir, en el barrio de Santa Tere.
“Está muy difícil exigir que no se nos violente entre el carro y la bici y nosotros seguir replicando esos esquemas violentos”, dice Treviño.
Desde Seattle llega Ellie Kaszniak, asistente a varios encuentros en los últimos años. Ella cuenta:
“El Bike-Bike empezó en 2004 con la idea de que lo importante es poner las herramientas en las manos de la gente, do it yourself. Fuera de la noción de caridad y más en la del empoderamiento. Cómo reparar sus propias bicis, cómo tener confianza en las calles, crear comunidades entre gente interesada en el ciclismo, pero más que nada en crear comunidad, que deseen un espacio donde puedan trabajar juntos. 
Que se haga en México, agrega Kaszniak, es un paso importante y muy emocionante.
“Hace unos años, en Vancouver, llegaron unos representantes de Bicitekas y la Bicired. Iban a participar y a presentar el trabajo que hacen y nos impresionó su organización y hoy estamos aquí”.
”Este movimiento existe en todo el mundo, con diferentes formas pero con el mismo objetivo
Hay tanto que podemos aprender y ojalá que podamos compartir lo que hemos aprendidos”, añade Eme, del equipo organizador.
“Pedaleamos por un mundo mejor”, afirma categórica Maye, quien siendo mexicana, de Monterrey, comenzó a usar la bicicleta en Shanghai, a convocatoria de un grupo de latinas en esa ciudad. Desde entonces anda en bicicleta y a su regreso a Monterrey se unió a Tigre Bici, taller comunitario en esa ciudad.
Y talleres son lo que no falta en el Bike-Bike, hay desde el que organiza Ollin hasta otros como el de fotografía que impulsan Simona y Alessandro, un par de italianos que viajan por México a bordo del Grillobús, un camión aula que les sirve para enseñar ténicas de fotografía antigua.
“Nos interesa documentar la contracultura, las culturas en resistencia”, dice Simona, quien en Tijuana trabajó con indocumentados migrantes y cuyo viaje refleja en su blog El Grillobús.
Así, en tres días, los ciclistas alternativos del Bike-Bike ponen su parte para comenzar una revolución pacífica que, quizá, un día termine por de verdad cambiar el mundo.

miércoles, 6 de abril de 2016

Gonzalo Guerrero, el Grillobús y el fotógrafo italiano

Expectantes, los curiosos observan cómo el fotógrafo introduce los brazos por los costados de la caja oscura mientras, la plata se descompone en yoduro y bromuro y la imagen se va fijando en el vidrio. De repente, extrae la imagen al colodión húmedo y la exhibe frente al público.

La magia está hecha.

Es tarde ya en la plaza del Expiatorio del centro de Guadalajara pero el puesto de este italiano alto y delgado se llena de público cuando Simona Fantauzzi, su ayudante, disfraza al modelo para acentuar ese efecto antiguo que dan estas fotografías, hechas con técnicas de hace 150 años.

Ambos salieron de Italia hace casi un año con una meta.

“Fuimos directamente a San Francisco, con una idea precisa, comprar un camión escolar que conseguimos a muy buen precio”, explica Alessandro Parente.

El camión serviría a la vez de cocina y estudio fotográfico, porque Simona es repostera y durante el viaje busca ingredientes autóctonos para mezclarlos en sus recetas italianas, como la “Zuppetta di frutta con Quenelles di Requeson e Cantucci Toscani”, en la que mezcla el queso con tequila, papaya, mango y guayaba.

“En Italia la comida es parte de la cultura, todos saben de cocina. La gente come muy bien, con mucha calidad, por eso cuando estás en el extranjero siempre quieres volver a tu comida”, dice en su español salpicado de palabras en italiano.

“Yo no quiero comprar productos italianos en México solo porque extraño un queso o una salsa. Mi búsqueda es encontrar productos locales, que son ricos, y utilizarlos con las recetas italianas. Por lo que tiene que ver con la repostería, inventar platillos nuevos que mezclan mis técnicas, lo que aprendí de cocina italiana y conocer la calidad de las comidas que hay aquí”, agrega.

Hicieron escala en Guadalajara en su camino a Michoacán, donde pretenden pasar el Día de Muertos, para después seguir hacia Cherán, la comunidad indígena en rebeldía. Antes estuvieron en Tijuana, documentando la migración hacia Estados Unidos, porque ese es otro de los propósitos de su viaje.

No vendemos nuestras fotos, explica Simona, somos artesanos, pero pedimos una cooperación sugerida para poder seguir con nuestro proyecto.

“Queremos que la gente conozca esta técnica antigua, por eso hacemos talleres y acudimos a plazas públicas a mostrar nuestro trabajo”, dice Alessandro.

Agrega: “Con nuestro viaje queremos hacer un reportaje y mostrar todas las diferentes maneras de vivir en México.

“Cuando se habla de que otro mundo es posible, hablamos de gente que practica otro estilo de vida que no es el capitalista, un estilo diferente más cerca de la tierra.

“Hablamos de todas aquellas realidades en resistencia que en América Latina se basan en el principio de la diversidad, porque incluso esta está en riesgo, amenazada por una cultura que pretende hacer todo más productivo.”

--Pero no solo eso –interrumpe Simona-. Sino también de quien decide tomar la bicicleta en la ciudad, porque se trata de una lucha donde la gente decide no ser obligada a usar el camión o salir con el carro. O peor, a tener un carro.

Llegaron a Jalisco atraídos por la realización de un encuentro de organizaciones ciclistas de Estados Unidos, Canadá y México, sobre todo, que llevan a cabo talleres en el evento llamado Bike Bike, una fiesta de contracultura y bicicletas, donde estas son vistas como una herramienta de cambio sociul.

El colodión húmedo
Alessandro estudió fotografía de moda y escenografía en Italia y Argentina, pero “siempre estuve más cerca de la fotografía antropológica y documentalista”, dice.

Él mismo hizo su equipo, cámara, caja oscura y laboratorio portátil, al igual que hace casi dos siglos, cuando los fotógrafos trashumantes recorrían pueblos en busca de personajes interesantes para retratar.

-- Revisé muchos libros de 1800 y de ahí los copié --explica.

“A esta técnica se le conoce como colodión húmedo porque tenemos que sacar la foto cuando todavía está húmeda, todo el tiempo debe mantenerse así la placa, desde que la preparas hasta que terminas”.

Después de enfocar, iluminar y componer la escena se le pide al modelo que aguarde al menos 20 segundos sin moverse para poder imprimir la imagen. “Sacamos del nitrato de plata el vidrio y ahora ya es fotosensible, como si fuera una película fotográfica”.

Nada que ver con el 1/8000 de segundo que tarda una Cannon moderna en tomar el paso de un avión.

“El viento es nuestro peor enemigo. Se nos caen las lámparas, se ensucia el vidrio, se estropean las imágenes”, dice.

-- ¿Y la lluvia?

--Bueno, con esa uno cierra y ya.

Su puesto incluye una zona para tomar fotos, iluminada con lámparas con sombrilla; la caja oscura portátil; la cámara de madera fijada a un tripié hechizo también de madera y una mesa donde exhiben los retratos de su viaje, incluidos una docena de la propia Simona, de ojos grandes.

Aquí tenemos un negativo y vamos a hacer la magia, describe Alessandro mientras saca la placa de la cámara y la lleva a revelar en una bandeja al lado.

“Hace un siglo se utilizaban calentadores de alcohol para fijar la imagen. Lo intentamos, pero se te quema la foto o se te derrite el barniz, entonces este calentador  eléctrico fue nuestra mejor opción”, explica.

El colodión, una suerte de barniz, se vierte sobre el vidrio para crear una película plástica que al contacto con la plata se vuelve fotosensible.

“Adentro del colodión están sueltos unas sales de potasio que reaccionan con el nitrato de plata y desarrollan unos halógenos de plata. La plata cambia en bromuro y yoduro de plata que permiten tener una escala tonal, un gris claro, un gris medio y un gris oscuro, para que nos dé una imagen en escala de grises”, expone el fotógrafo.


El Grillobús y Gonzalo Guerrero
El viaje de Alessandro y Simona lleva acumulados más de 3 mil kilómetros y sus próximas paradas los harán recorrer al menos otros 2 mil 400 a bordo del viejo camión, un International adquirido en Oakland.

“Queremos ir a San Luis Potosí, conocer Wirikuta y acercarnos más a ese punto sagrado de los     wixárikas (huicholes), bajar por Guerrero, visitar Iguala e ir a Chiapas”, describe entusiasta este fotógrafo de moda que encontró en el colodión húmedo su propio lenguaje.

Su proyecto se llama Gonzalo Guerrero El Grillo (y así se puede encontrar su blog en Wordpress o su página de FB).

“Lo llamamos así por un libro que leímos. Gonzalo Guerrero es una persona que vivió realmente, en la época de la Conquista. Era un soldado español que resultó herido en una batalla y fue rescatado por los mayas. Se acercó tanto a su cultura que hasta llegó a ser chamán y luchó al lado de ellos”, explica.

Simona añade: “El Grillo era un pirata, el terror de los mares. Cuando él murió muchos otros piratas tomaron su nombre y así nunca se extinguió su leyenda”.

La leyenda cuenta que Gonzalo Guerrero, además, es el papá del primer hijo mestizo en América, por eso ambos buscan registrar la diversidad de México en sus fotografías y en sus platillos.

Su autobús es a la vez una cocina, un estudio fotográfico, una biblioteca y un taller. De su viaje pretenden escribir un libro, quizá en 2019, cuando esperan volver a Italia.

Mientras tanto, visitan todas las realidades que pueden en su investigación sobre la importancia de las diferencias en la cultura, la cocina y la tierra.

“Sobre todo aquellas  que quieren ser un mundo diferente, o que ya viven un mundo diferente”, concluye sonriente Simona.




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