Por Héctor Zamarrón
Cuando Yeriel Salcedo, un conocido activista de la bicicleta en Guadalajara, me contó sobre el Bike-Bike no entendí bien más allá de que se trataba de una reunión de ciclistas urbanos de todo el mundo, sobre todo de Norteamérica, a la que valía la pena acudir.
Así que acá estoy, en Guadalajara, meses después de aquella ocasión, rodeado de jóvenes de Oregón, Carolina del Norte, Sacramento, Tacoma, Seattle, Salt Lake City, Vancouver, Nueva Orleáns y San Francisco, que buscan aportar a la tarea de cambiar al mundo, o al menos a sí mismos.
Esa es la filosofía bajo la que se mueven en esta serie de talleres comunitarios que durante tres días hacen del Bike-Bike una fiesta de la equidad.
Raquel Treviño, de Monterrey, cuenta cuál es la diferencia entre un congreso tradicional y este encuentro.
“En una conferencia arriba del templete siempre hay una figura autoritaria. Aquí preferimos reunirnos en lugares no tan formales y organizar talleres donde, sentados en círculos para que todos tengan la misma jerarquía, intercambiamos información con mucho respeto, porque todas las experiencias son válidas e importan”.
De hecho, para participar en el encuentro, los participantes deben firmar el “acuerdo de espacios más seguros”, donde se comprometen a respetar identidades, pronombres de género preferido, practicar la ayuda mutua, “la anti-violencia y la construcción de comunidad”.
A practicar la equidad
Es sábado, hora de la comida comunitaria y Allison carga un bulto de jitomates. Un hombre se aproxima con intenciones de ayudarla pero un gesto de ella lo interrumpe rápido y con un gesto alegre le replica: “Qué tiene tu espalda que no tenga la mía”.
Así, una de las discusiones del primer día fue si los baños deberían o no tener etiqueta de género.
Hay más de dos centenares de jóvenes distribuidos en tareas. Unos participan en un taller de bicicleta y género, otros reparan sus vehículos mientras un par de organizadores supervisa la venta de recuerdos: pegatinas, playeras, carteles.
Cata, la encargada de la cocina, dirige a una decena de güeros que pican cebollas y tomates mientras cuenta que ella tiene un comedor vegano, sí, no vegetariano sino esa variante más radical que implica cero contenido de elementos de origen animal en la cocina.
Junto con su proyecto de cocina, Cata comparte el espacio con una amiga que tiene una chocolatería también vegana y otro amigo que mantiene un espacio para sanación y terapias.
Así, aquí se discute en los talleres sobre resolución de conflictos, diversidad, espacios seguros y voluntarios.
Sueños fugaz
A Marcel Mathieu, chileno, le llama la atención la cámara que usamos y se acerca a contarnos que está por hacer un viaje desde México hasta Santiago de Chile en bicicleta, con el fin de difundir el síndrome de Asperger y armar redes entre las fundaciones que existen en ambos países. Su proyecto está en fondeadora.mx
Los organizadores mexicanos del Bike-Bike son Guadalajara en Bici, Rila Libre y muchos grupos ciclistas más que donan su tiempo para preparar desde la página web hasta las comidas y fiestas de esta suerte de comuna fugaz, que durante tres días les permite a sus asistentes soñar con el cambio.
Uno de ellos, Ollin Monroy de Gdl en Bici, cuenta: “Hay muchísima gente que apoya aquí, el Bike-Bike no es no tanto una conferencia como sí una cumbre de diferentes proyectos ciclistas y comunitarios que se reúnen, intercambian información, mejores practicas, ideas para proyectos, nacientes, que pueden crecer”.
Si del encuentro en México, prosigue Ollin, se siembra la semilla de cómo hacer un proyecto comunitario tendremos éxito.
Las sesiones se dividen entre el centro cultural La Fábrica de Chocolate y la Casa Ciclista, una iniciativa de la sociedad civil que ha recibido a más de un centenar de viajeros ciclistas en sus siete años de existir, en el barrio de Santa Tere.
“Está muy difícil exigir que no se nos violente entre el carro y la bici y nosotros seguir replicando esos esquemas violentos”, dice Treviño.
Desde Seattle llega Ellie Kaszniak, asistente a varios encuentros en los últimos años. Ella cuenta:
“El Bike-Bike empezó en 2004 con la idea de que lo importante es poner las herramientas en las manos de la gente, do it yourself. Fuera de la noción de caridad y más en la del empoderamiento. Cómo reparar sus propias bicis, cómo tener confianza en las calles, crear comunidades entre gente interesada en el ciclismo, pero más que nada en crear comunidad, que deseen un espacio donde puedan trabajar juntos.
Que se haga en México, agrega Kaszniak, es un paso importante y muy emocionante.
“Hace unos años, en Vancouver, llegaron unos representantes de Bicitekas y la Bicired. Iban a participar y a presentar el trabajo que hacen y nos impresionó su organización y hoy estamos aquí”.
”Este movimiento existe en todo el mundo, con diferentes formas pero con el mismo objetivo
Hay tanto que podemos aprender y ojalá que podamos compartir lo que hemos aprendidos”, añade Eme, del equipo organizador.
“Pedaleamos por un mundo mejor”, afirma categórica Maye, quien siendo mexicana, de Monterrey, comenzó a usar la bicicleta en Shanghai, a convocatoria de un grupo de latinas en esa ciudad. Desde entonces anda en bicicleta y a su regreso a Monterrey se unió a Tigre Bici, taller comunitario en esa ciudad.
Y talleres son lo que no falta en el Bike-Bike, hay desde el que organiza Ollin hasta otros como el de fotografía que impulsan Simona y Alessandro, un par de italianos que viajan por México a bordo del Grillobús, un camión aula que les sirve para enseñar ténicas de fotografía antigua.
“Nos interesa documentar la contracultura, las culturas en resistencia”, dice Simona, quien en Tijuana trabajó con indocumentados migrantes y cuyo viaje refleja en su blog El Grillobús.
Así, en tres días, los ciclistas alternativos del Bike-Bike ponen su parte para comenzar una revolución pacífica que, quizá, un día termine por de verdad cambiar el mundo.




