martes, 27 de diciembre de 2016

Tres días para cambiar al mundo... en bicicleta


Por Héctor Zamarrón

Cuando Yeriel Salcedo, un conocido activista de la bicicleta en Guadalajara, me contó sobre el Bike-Bike no entendí bien más allá de que se trataba de una reunión de ciclistas urbanos de todo el mundo, sobre todo de Norteamérica, a la que valía la pena acudir.
Así que acá estoy, en Guadalajara, meses después de aquella ocasión, rodeado de jóvenes de Oregón, Carolina del Norte, Sacramento, Tacoma, Seattle, Salt Lake City, Vancouver, Nueva Orleáns y San Francisco, que buscan aportar a la tarea de cambiar al mundo, o al menos a sí mismos.

Esa es la filosofía bajo la que se mueven en esta serie de talleres comunitarios que durante tres días hacen del Bike-Bike una fiesta de la equidad.
Raquel Treviño, de Monterrey, cuenta cuál es la diferencia entre un congreso tradicional y este encuentro.
“En una conferencia arriba del templete siempre hay una figura autoritaria. Aquí preferimos reunirnos en lugares no tan formales y organizar talleres donde, sentados en círculos para que todos tengan la misma jerarquía, intercambiamos información con mucho respeto, porque todas las experiencias son válidas e importan”.
De hecho, para participar en el encuentro, los participantes deben firmar el “acuerdo de espacios más seguros”, donde se comprometen a respetar identidades, pronombres de género preferido, practicar la ayuda mutua, “la anti-violencia y la construcción de comunidad”.

A practicar la equidad

Es sábado, hora de la comida comunitaria y Allison carga un bulto de jitomates. Un hombre se aproxima con intenciones de ayudarla pero un gesto de ella lo interrumpe rápido y con un gesto alegre le replica: “Qué tiene tu espalda que no tenga la mía”.
Así, una de las discusiones del primer día fue si los baños deberían o no tener etiqueta de género.
Hay más de dos centenares de jóvenes distribuidos en tareas. Unos participan en un taller de bicicleta y género, otros reparan sus vehículos mientras un par de organizadores supervisa la venta de recuerdos: pegatinas, playeras, carteles.
Cata, la encargada de la cocina, dirige a una decena de güeros que  pican cebollas y tomates mientras cuenta que ella tiene un comedor vegano, sí, no vegetariano sino esa variante más radical que implica cero contenido de elementos de origen animal en la cocina.
Junto con su proyecto de cocina, Cata comparte el espacio con una amiga que tiene una chocolatería también vegana y otro amigo que mantiene un espacio para sanación y terapias.
Así, aquí se discute en los talleres sobre resolución de conflictos, diversidad, espacios seguros y voluntarios.

Sueños fugaz

A Marcel Mathieu, chileno, le llama la atención la cámara que usamos y se acerca a contarnos que está por hacer un viaje desde México hasta Santiago de Chile en bicicleta, con el fin de difundir el síndrome de Asperger y armar redes entre las fundaciones que existen en ambos países. Su proyecto está en fondeadora.mx
Los organizadores mexicanos del Bike-Bike son Guadalajara en Bici, Rila Libre y muchos grupos ciclistas más que donan su tiempo para preparar desde la página web hasta las comidas y fiestas de esta suerte de comuna fugaz, que durante tres días les permite a sus asistentes soñar con el cambio.

Sembrara la semilla

Uno de ellos, Ollin Monroy de Gdl en Bici, cuenta: “Hay muchísima gente que apoya aquí, el Bike-Bike no es no tanto una conferencia como sí una cumbre  de diferentes proyectos ciclistas y comunitarios que se reúnen, intercambian información, mejores practicas, ideas para proyectos, nacientes, que pueden crecer”.
Si del encuentro en México, prosigue Ollin, se siembra la semilla de cómo hacer un proyecto comunitario tendremos éxito.
Las sesiones se dividen entre el centro cultural La Fábrica de Chocolate y la Casa Ciclista, una iniciativa de la sociedad civil que ha recibido a más de un centenar de viajeros ciclistas en sus siete años de existir, en el barrio de Santa Tere.
“Está muy difícil exigir que no se nos violente entre el carro y la bici y nosotros seguir replicando esos esquemas violentos”, dice Treviño.
Desde Seattle llega Ellie Kaszniak, asistente a varios encuentros en los últimos años. Ella cuenta:
“El Bike-Bike empezó en 2004 con la idea de que lo importante es poner las herramientas en las manos de la gente, do it yourself. Fuera de la noción de caridad y más en la del empoderamiento. Cómo reparar sus propias bicis, cómo tener confianza en las calles, crear comunidades entre gente interesada en el ciclismo, pero más que nada en crear comunidad, que deseen un espacio donde puedan trabajar juntos. 
Que se haga en México, agrega Kaszniak, es un paso importante y muy emocionante.
“Hace unos años, en Vancouver, llegaron unos representantes de Bicitekas y la Bicired. Iban a participar y a presentar el trabajo que hacen y nos impresionó su organización y hoy estamos aquí”.
”Este movimiento existe en todo el mundo, con diferentes formas pero con el mismo objetivo
Hay tanto que podemos aprender y ojalá que podamos compartir lo que hemos aprendidos”, añade Eme, del equipo organizador.
“Pedaleamos por un mundo mejor”, afirma categórica Maye, quien siendo mexicana, de Monterrey, comenzó a usar la bicicleta en Shanghai, a convocatoria de un grupo de latinas en esa ciudad. Desde entonces anda en bicicleta y a su regreso a Monterrey se unió a Tigre Bici, taller comunitario en esa ciudad.
Y talleres son lo que no falta en el Bike-Bike, hay desde el que organiza Ollin hasta otros como el de fotografía que impulsan Simona y Alessandro, un par de italianos que viajan por México a bordo del Grillobús, un camión aula que les sirve para enseñar ténicas de fotografía antigua.
“Nos interesa documentar la contracultura, las culturas en resistencia”, dice Simona, quien en Tijuana trabajó con indocumentados migrantes y cuyo viaje refleja en su blog El Grillobús.
Así, en tres días, los ciclistas alternativos del Bike-Bike ponen su parte para comenzar una revolución pacífica que, quizá, un día termine por de verdad cambiar el mundo.

miércoles, 6 de abril de 2016

Gonzalo Guerrero, el Grillobús y el fotógrafo italiano

Expectantes, los curiosos observan cómo el fotógrafo introduce los brazos por los costados de la caja oscura mientras, la plata se descompone en yoduro y bromuro y la imagen se va fijando en el vidrio. De repente, extrae la imagen al colodión húmedo y la exhibe frente al público.

La magia está hecha.

Es tarde ya en la plaza del Expiatorio del centro de Guadalajara pero el puesto de este italiano alto y delgado se llena de público cuando Simona Fantauzzi, su ayudante, disfraza al modelo para acentuar ese efecto antiguo que dan estas fotografías, hechas con técnicas de hace 150 años.

Ambos salieron de Italia hace casi un año con una meta.

“Fuimos directamente a San Francisco, con una idea precisa, comprar un camión escolar que conseguimos a muy buen precio”, explica Alessandro Parente.

El camión serviría a la vez de cocina y estudio fotográfico, porque Simona es repostera y durante el viaje busca ingredientes autóctonos para mezclarlos en sus recetas italianas, como la “Zuppetta di frutta con Quenelles di Requeson e Cantucci Toscani”, en la que mezcla el queso con tequila, papaya, mango y guayaba.

“En Italia la comida es parte de la cultura, todos saben de cocina. La gente come muy bien, con mucha calidad, por eso cuando estás en el extranjero siempre quieres volver a tu comida”, dice en su español salpicado de palabras en italiano.

“Yo no quiero comprar productos italianos en México solo porque extraño un queso o una salsa. Mi búsqueda es encontrar productos locales, que son ricos, y utilizarlos con las recetas italianas. Por lo que tiene que ver con la repostería, inventar platillos nuevos que mezclan mis técnicas, lo que aprendí de cocina italiana y conocer la calidad de las comidas que hay aquí”, agrega.

Hicieron escala en Guadalajara en su camino a Michoacán, donde pretenden pasar el Día de Muertos, para después seguir hacia Cherán, la comunidad indígena en rebeldía. Antes estuvieron en Tijuana, documentando la migración hacia Estados Unidos, porque ese es otro de los propósitos de su viaje.

No vendemos nuestras fotos, explica Simona, somos artesanos, pero pedimos una cooperación sugerida para poder seguir con nuestro proyecto.

“Queremos que la gente conozca esta técnica antigua, por eso hacemos talleres y acudimos a plazas públicas a mostrar nuestro trabajo”, dice Alessandro.

Agrega: “Con nuestro viaje queremos hacer un reportaje y mostrar todas las diferentes maneras de vivir en México.

“Cuando se habla de que otro mundo es posible, hablamos de gente que practica otro estilo de vida que no es el capitalista, un estilo diferente más cerca de la tierra.

“Hablamos de todas aquellas realidades en resistencia que en América Latina se basan en el principio de la diversidad, porque incluso esta está en riesgo, amenazada por una cultura que pretende hacer todo más productivo.”

--Pero no solo eso –interrumpe Simona-. Sino también de quien decide tomar la bicicleta en la ciudad, porque se trata de una lucha donde la gente decide no ser obligada a usar el camión o salir con el carro. O peor, a tener un carro.

Llegaron a Jalisco atraídos por la realización de un encuentro de organizaciones ciclistas de Estados Unidos, Canadá y México, sobre todo, que llevan a cabo talleres en el evento llamado Bike Bike, una fiesta de contracultura y bicicletas, donde estas son vistas como una herramienta de cambio sociul.

El colodión húmedo
Alessandro estudió fotografía de moda y escenografía en Italia y Argentina, pero “siempre estuve más cerca de la fotografía antropológica y documentalista”, dice.

Él mismo hizo su equipo, cámara, caja oscura y laboratorio portátil, al igual que hace casi dos siglos, cuando los fotógrafos trashumantes recorrían pueblos en busca de personajes interesantes para retratar.

-- Revisé muchos libros de 1800 y de ahí los copié --explica.

“A esta técnica se le conoce como colodión húmedo porque tenemos que sacar la foto cuando todavía está húmeda, todo el tiempo debe mantenerse así la placa, desde que la preparas hasta que terminas”.

Después de enfocar, iluminar y componer la escena se le pide al modelo que aguarde al menos 20 segundos sin moverse para poder imprimir la imagen. “Sacamos del nitrato de plata el vidrio y ahora ya es fotosensible, como si fuera una película fotográfica”.

Nada que ver con el 1/8000 de segundo que tarda una Cannon moderna en tomar el paso de un avión.

“El viento es nuestro peor enemigo. Se nos caen las lámparas, se ensucia el vidrio, se estropean las imágenes”, dice.

-- ¿Y la lluvia?

--Bueno, con esa uno cierra y ya.

Su puesto incluye una zona para tomar fotos, iluminada con lámparas con sombrilla; la caja oscura portátil; la cámara de madera fijada a un tripié hechizo también de madera y una mesa donde exhiben los retratos de su viaje, incluidos una docena de la propia Simona, de ojos grandes.

Aquí tenemos un negativo y vamos a hacer la magia, describe Alessandro mientras saca la placa de la cámara y la lleva a revelar en una bandeja al lado.

“Hace un siglo se utilizaban calentadores de alcohol para fijar la imagen. Lo intentamos, pero se te quema la foto o se te derrite el barniz, entonces este calentador  eléctrico fue nuestra mejor opción”, explica.

El colodión, una suerte de barniz, se vierte sobre el vidrio para crear una película plástica que al contacto con la plata se vuelve fotosensible.

“Adentro del colodión están sueltos unas sales de potasio que reaccionan con el nitrato de plata y desarrollan unos halógenos de plata. La plata cambia en bromuro y yoduro de plata que permiten tener una escala tonal, un gris claro, un gris medio y un gris oscuro, para que nos dé una imagen en escala de grises”, expone el fotógrafo.


El Grillobús y Gonzalo Guerrero
El viaje de Alessandro y Simona lleva acumulados más de 3 mil kilómetros y sus próximas paradas los harán recorrer al menos otros 2 mil 400 a bordo del viejo camión, un International adquirido en Oakland.

“Queremos ir a San Luis Potosí, conocer Wirikuta y acercarnos más a ese punto sagrado de los     wixárikas (huicholes), bajar por Guerrero, visitar Iguala e ir a Chiapas”, describe entusiasta este fotógrafo de moda que encontró en el colodión húmedo su propio lenguaje.

Su proyecto se llama Gonzalo Guerrero El Grillo (y así se puede encontrar su blog en Wordpress o su página de FB).

“Lo llamamos así por un libro que leímos. Gonzalo Guerrero es una persona que vivió realmente, en la época de la Conquista. Era un soldado español que resultó herido en una batalla y fue rescatado por los mayas. Se acercó tanto a su cultura que hasta llegó a ser chamán y luchó al lado de ellos”, explica.

Simona añade: “El Grillo era un pirata, el terror de los mares. Cuando él murió muchos otros piratas tomaron su nombre y así nunca se extinguió su leyenda”.

La leyenda cuenta que Gonzalo Guerrero, además, es el papá del primer hijo mestizo en América, por eso ambos buscan registrar la diversidad de México en sus fotografías y en sus platillos.

Su autobús es a la vez una cocina, un estudio fotográfico, una biblioteca y un taller. De su viaje pretenden escribir un libro, quizá en 2019, cuando esperan volver a Italia.

Mientras tanto, visitan todas las realidades que pueden en su investigación sobre la importancia de las diferencias en la cultura, la cocina y la tierra.

“Sobre todo aquellas  que quieren ser un mundo diferente, o que ya viven un mundo diferente”, concluye sonriente Simona.




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