Por Héctor Zamarrón
A unas horas de los atentados terroristas en París subirse
al metro era de por sí inquietante en una ciudad vacía como nunca, pero si
además los colegas periodistas españoles que te ven dirigirte al subterráneo te
recomiendan no hacerlo, por temor a una secuela (tal y como ellos lo evitaban
tras las bombas en la estación de Atocha, en Madrid) pues eso ya mete un poco
de miedo.
Aunque no tanto como estar de madrugada en Saint-Denis,
caminando a oscuras entre sus edificios de modestos departamentos, de clase
baja, a donde llegan a hacinarse los marroquíes y en general los musulmanes
provenientes del Magreb que migran a París.
Son poco después de las cinco de la mañana del miércoles
18 de noviembre, hace apenas unos minutos que una balacera se desató en el
centro de este suburbio, en un departamento ubicado apenas a cien pasos de su
milenaria basílica (construida en el siglo XII).
Apenas si ha llegado un puñado de periodistas que
buscamos cómo librar el cerco policiaco y acercarnos al departamento donde
tienen cercado al cabecilla de los atentados del viernes 13, un departamento en el tercer piso de un edificio viejo entre la rue de la République y la rue du
Corbillon, una zona de edificios de viviendas apiñados como en un laberinto.
Los pasillos huelen a orines, están llenos de basura,
nada que se parezca a la Ile de France, más bien recuerda a zonas del DF
depauperadas. El tercer mundo dentro de París.
En un callejón, un contenedor saturado de basura sirve de
parapeto a la policía. Están nerviosos, se enfrentan a una célula terrorista
bien entrenada y dispuesta a cambiar su vida por la de ellos. Al tratar de
acercarnos nos encañonan y obligan a retirar.
Encabeza las operaciones la RAID, la policía de élite francesa,
ataviada de negro, con pasamontañas y fusiles automáticos, pero también está por acá el ejército para apoyarlos.
El primer asalto al departamento ha fallado, se toparon
con una puerta reforzada con un panel metálico que les hizo perder el factor
sorpresa. Eso los llevará a intercambiar 50 mil disparos en las primeras horas
de las siete que duró el cerco.
El día comienza a despuntar y las calles del barrio se
van llenando de periodistas; la televisión llega en decenas de unidades móviles
satelitales, los de radio en modernas motocicletas. Otros arriban en taxi, a pie,
cómo pueden y conforme se fueron enterando. Al rato, son ya todo un
espectáculo, la mayoría instalados en la plaza principal, frente al edificio municipal,
el punto más cercano a la acción.
Esta mañana Saint Denis parece un pueblo desierto, la
policía ha pedido a los vecinos que no salgan y tampoco les deja abrir las
ventanas. A quienes pretenden traspasar el cerco, sean habitantes de la zona o
periodistas, les apuntan directa y amenazadoramente. Se huele el miedo en la
calle.
El metro está cortado, también el tren, el servicio de
autobuses suspendido. Los únicos taxis que aparecen en sus calles son los que
traen a los periodistas a la zona y la mayoría se queda en espera. Por las vías
del tren, junto al cementerio, se forma una fila de vecinos rumbo
a la autopista a París donde, tras caminar tres
kilómetros, esperan encontrar un transporte hacia la ciudad.
En el paso hay una cafetería abierta, casi la única,
desde donde el radio transmite música árabe. Sus empleados son musulmanes, como
los 500 mil habitantes de este suburbio parisino que predican el Islam.
En eso se parece esta zona al barrio belga de Mollenbeck,
donde se crió Abdelhamid Aboud a quien la policía tiene cercado en Saint-Denis.
En otra cafetería en el bulevar Félix Faure, los
periodistas entran cubrirse del frío y a beber una taza de café o chocolate,
mezclados con los locales que no resistieron la curiosidad de asomarse al cerco
policiaco y que, pronto, son cercados también ellos por la prensa deseosa de
obtener un testimonio de primera mano.
Un grupo de cinco o seis jóvenes negros sonríen al
escuchar la pregunta “¿Disculpen, alguno de ustedes habla inglés, español? Es para
México.” y a gritos corean: “México, le Chapo Guzmán, le Chapo Guzmán”. Hasta
allá llegó la fama criminal del sinaloense.
Las horas pasan sólo interrumpidas por la eventual salida
de ambulancias con heridos o vecinos atendidos por crisis nerviosas, así como
por el traslado de los detenidos.
En las calles no hay nadie, los comercios están cerrados,
también las escuelas y las oficinas públicas. El silencio sólo se rompe con el
tañer de las campanas que marcan la hora o el ulular de las sirenas policiacas.
Minutos antes del mediodía una caravana de automóviles y
patrullas llega con el ministro del interior Bernard Cazeneuve a bordo. El
operativo ha terminado con un asalto final en que mueren dos terroristas tras
la inmolación muy temprano, cerca de las seis, de una de ellas.
El país entero ha seguido por televisión el desarrollo en
vivo de los hechos, retransmitiendo videos del momento de la balacera tomados
por vecinos y con los enlaces en vivo de reporteros de todo el mundo. Quizá
sólo los partidos de la Champions congreguen a tanta prensa internacional en
esta parte del mundo y no es raro, París vive su 13-N, como antes vivió Nueva
York el 11-S o Madrid su 13-M.
Murieron dos terroristas durante el asalto y hay siete
detenidos, informa Cazeneuve, quien agrega que esta célula preparaba nuevos
ataques en París. Mas tarde corregirán las cifras, son tres los muertos y ocho
los detenidos. También confirmarán la revelación del Washington Post: uno de los muertos, cosido a balazos, es la cabeza
de estos atentados, Abdelhamid Aboud.
La RAID es homenajeada por su eficiencia, pues solo tuvo
cinco heridos a pesar de lo encarnizado de la balacera. Triste homenaje que
sabe amargo al capturar a quienes ya encabezaron una matanza bestial.
Dieciséis horas
más tarde vuelvo al mismo punto, elegido para transmitir en vivo a Milenio Televisión el reporte y la
crónica del operativo. Toda la prensa se ha ido ya, incluso la policía, solo
queda una pequeña brigada reguardando el trabajo de forenses y peritos.
Saint-Denis está más vacío ahora que hace unas horas.
Caminamos para llegar al punto y Hugo, el camarógrafo que me acompaña, comparte
su aprehensión por estar ahí a deshoras, pero también es certero al
tranquilizarse a sí mismo y a mí: “Quizá esta noche no haya lugar más seguro en
todo París que estar aquí”.
Grabamos, transmitimos, intentamos sin éxito conseguir que
un taxi llegue a la catedral por nosotros y mejor optamos por caminar. Cerca nos
topamos con dos parejas de jóvenes que beben en la calle, a pesar del frío. Son
los únicos seres vivos visibles aparte de la policía. Hacerlo a estas horas,
después de lo ocurrido, es otro acto de resistencia. Como me dijo días atrás un
portugués rubicundo que me escuchó hablar español con un mesero frente a una
terraza de la Mairie: “Estar aquí en París en una terraza, bebiendo una copa de
vino tras lo ocurrido el viernes es un acto de resistencia”. Luego me cuenta
que aprendió español leyendo a García Márquez.
Sonreí pero ya no le pude contar que hoy es mi cumpleaños
y que así celebro, horas después de haber pasado la mañana entera en el cerco
de Saint-Denis, que sólo estaba en París de paso. Tenía planeado quedarme diez
horas y terminé estando casi diez días como enviado especial de Milenio para
narrar el inicio de esta nueva guerra, en la que Francia está metida. Paradojas
de la vida.
Aeropuerto de Barajas, 19 de noviembre de 2015

