lunes, 19 de octubre de 2015

El día que descubrí la metástasis

A Lorena, In memoriam
Un día, muy joven yo, en los tiempos en que Internet aún no existía, escuché un término médico incomprensible y tuve que acudir a la enciclopedia para descifrar su significado. Fue más simple de lo esperado, ahí en la entrada correspondiente a la M se encontraba, justo después de metasicología y antes de metatarso. Fue sencillo hallar la descripción de mestástasis, lo difícil fue asimilar sus implicaciones.
Horas antes había conseguido, por primera vez en el curso de una larga enfermedad, asomarme al expediente médico de mi madre, enferma de un cáncer de pecho que, mal diagnosticado, mal atendido y mal explicado, terminó por llevársela en plena flor de la edad.
Recuerdo con claridad esa definición fatal que me asestó un golpe terrible: comprender que de nada habían servido la mastectomía, las radioterapias y las terribles quimioterapias que la dejaron sin cabello y obligada a utilizar una peluca o una mascada.
El diagnóstico de metástasis en un cáncer implica a menudo una muerte inevitable, más allá de la fría definición como “aparición de uno o más focos morbosos de células neoplásicas o infecciosas a distancia de la localización primaria”. Contundente, fatídico.
Esa anomalía de las células que lleva a que se reproduzcan sin cesar, aun cuando no debieran, hasta convertirse en tumoraciones que terminan con tu vida. Esa aparición sorpresiva, una mañana o tarde alevosa, de una minúscula imperfección en alguno de los pechos, de una bolita sospechosa que, al paso de los días obligará a practicarse una biopsia. Así es el cáncer, o más bien, así era el cáncer.
Todo es distinto, por supuesto, cuando el dinero y la educación ayudan, sobre todo esta última. Cuando se le detecta a tiempo y se le atiende rápido. Cuando te examinas periódicamente, cuando te tocas sin miedo. Cuando hay fondos suficientes para que en los hospitales públicos hagan mastografías oportunas, cuando las campañas funcionan.
Hay miles de historias y lecciones increíbles, lo mismo de compañeras periodistas que de actrices, deportistas y personajes públicos. Desde Alejandra de la Cima hasta Adriana Barraza o Patricia Reyes Espíndola, desde niños en albergues hasta amigas cercanas. 
No deja de ser un mundo paralelo, el de la enfermedad, al cual nos asomamos poco, pero días como hoy hacen necesario echar una mirada a esa lucha diaria y sacar esos recuerdos que, en algo, puedan despertar empatía y hacer que los demás también volteen a ver esas historias.

Pero también para exigir e impulsar políticas públicas que mejoren el servicio de salud, la atención, la información y la educación en esta cruzada contra el cáncer.
Por eso hoy, yo apoyo.
(Un texto escrito hace algunos años, pero que cada octubre recuerdo).