miércoles, 24 de junio de 2015

El azar y las delicias de un viaje a Oaxaca

El azar y las delicias de un viaje a Oaxaca
Dice Malcolm Gladwell en su ensayo Blink, que muchas de nuestras mejores decisiones las tomamos en un pestañeo, literalmente. Así fue mi encuentro con uno de los mejores mezcales que he probado y que, no, no tiene nada que ver con esos embotellados por jóvenes emprendedores atraídos por la fiebre del oro del agave.
Resulta que junto con mi hermano y familia buscábamos un lugar donde todos pudiéramos observar el proceso de fabricación del mezcal y tras un espléndido viaje a Hierve el agua y sus cascadas petrificadas, bajamos de la sierra hacia los valles centrales cansados, asoleados y extasiados por las sorpresas que la naturaleza te ofrece. En ese estado, la mayoría durmiendo mientras el auto descendía por el camino serpenteante, hice caso omiso de varias “Fábricas” y “Museos” del mezcal con que topábamos al paso. Hubiera sido un agravio despertar al resto, así que enfilamos rumbo a la capital pero, al ser el último día que pasaríamos en Oaxaca, no resistí la tentación al ver un pequeño letrero que decía simplemente “Mezcal”.

No sólo tuve que echar el auto en reversa, pues la decisión la tomé de improviso, además vino el reproche de mi hermano: “Te detuviste en el peor lugar del camino…”. Hice caso omiso y me acerqué a lo que resultó una fábrica verdaderamente artesanal de mezcal, sin artificio alguno y en plena producción. Las “piñas” del agave estaban recién cocidas y desprendían un aroma dulzón que despertaba recuerdos de la infancia en Morelos, de cuando mi madre compraba esas tiras cocidas con piloncillo y las masticábamos con placer. Del sencillo alambique goteaba un líquido caliente que el dueño del palenque nos invitó a probar y su hijo, un pequeño de unos doce años, nos ofrecía la cata: Minero, de Pechuga, Tobalá. Era increíble verlo tomar la caña y sorber directamente de los barriles para que pudiéramos probar.
Para entonces había despertado a todos en los autos y a regañadientes pero me habían acompañado tras la descripción que les hice del lugar. Absortos atendimos la cata, comimos las “piñas” y tomamos mezcal caliente. Un año después, es decir, la semana pasada, regresamos por una nueva dotación de ese magnífico Tobalá, nuestro preferido, aunque también probamos el Tobasiche, producido con un agave especial, endémico de los valles centrales (aquí pueden ubicar el punto exacto de este “palenque”: http://bit.ly/oaxmezcal).
En esta ocasión salimos de nuestro hotel en el centro de Oaxaca tras desayunar en el mercado de la Democracia (mucho mejor alternativa al del centro, ya saturado de vendedores ambulantes). Una salsa de queso, blandas y un chocolate acompañado de pan de yema nos armaron con la energía suficiente para el paseo matutino. Salimos rumbo a San Martín Tilcajete, un pequeño pueblo ubicado a media hora de la capital y conocido por ser, junto con Arreazola, la cuna de los alebrijes, esos extraños monstruos de madera de copal.
El pueblo apenas tiene unos millares de habitantes y cientos de ellos se dedican a tallar y decorar estas figuras de renombre mundial.  Si visitan dos o tres talleres pronto notarán que hay quienes sólo copian y en cambio otros son verdaderamente artistas. El detalle del pintado y las figuras caprichosas revelan si están ante un dotado artesano, como esos que viajan cada año a impartir talleres a Estados Unidos o que aparecen en catálogos de arte. Ya lo verán. 

De Tilcajete pasamos a San Bartolo Coyotepec a conocer su famoso barro negro y de ahí, volando de regreso a la capital donde teníamos una invitación para asistir a una boda tradicional oaxaqueña, con las costumbres y peculiaridades de los valles centrales.
A media fiesta, por ejemplo, llegaron las gigantescas marmotas (gigantes y cabezudos, les llaman en Zaragoza) para animar el baile, ambientado con una banda de la Mixteca alta y de cuando en cuando, con el tronar de los cohetones. Al poco rato, el novio tomó una canasta con un guajolote y comenzó a bailar mientras los demás intentaban quitarle una pluma a su paso. Afortunadamente, era un muñeco y no uno de verdad como cuentan que hacían hasta hace unos años en los pueblos que rodean la capital.
Al día siguiente nos esperaban para “la bendición a los novios”, una ceremonia sin sacerdote, en la cual cada miembro de la familia pasa a dar sus buenos deseos a la pareja y a darles la bendición, tras de lo cual hay una nueva comida (con más mezcal y mole), nuevos bailes, trajes típicos y una fiesta interminable. Íbamos como invitados de la familia del novio, pero al llegar resultó que conocíamos a la familia de la novia también, eso fue divertido y una sorpresa para todos.

De este viaje a Oaxaca tampoco puedo omitir la visita que hicimos a la guarida de Francisco Toledo en San Agustín Etla, una localidad conurbada a unos cuantos kilómetros de la ciudad. Un camino sinuoso que parte de la carretera Panamericana lleva hasta la antigua hidroeléctrica La Soledad y la fábrica de hilados, cuyo edificio restaurado ocupa hoy el Centro de las Artes de San Agustín, un espléndido centro cultural que alberga exposiciones y ofrece talleres para la comunidad, así como estancias para artistas y diseñadores.
A un lado del edificio construido en el siglo XIX, se desciende hacia el taller de papel donde es posible comprar obras del pintor oaxaqueño (sobre todo grabados en papalotes), y con un poco de suerte presenciar el proceso completo, desde la fabricación del papel a partir de fibras naturales (maguey, algodón, ixtle, etc.), hasta el entintado e impresión de los famosos grabados. Ahí ofrecen visitas guiadas para comprender y seguir todo el proceso, a cargo de una cooperativa, y a nosotros nos tocó además  ver todos los papalotes que no se vendieron y el mismo Toledo ordenó destruir.
Así que al final de la visita, llenos de artesanías, comidas exquisitas, mezcal, barro, cultura y arte, emprendimos el regreso a casa pero como variante, en lugar de volver por la autopista a Puebla, tomamos el antiguo camino rumbo a Huajuapan de León, Izúcar de Matamoros, Cuautla y el DF, es decir, por la antigua carretera Panamericana. Un poco más largo el viaje pero lleno de paisajes que valen el tiempo extra.
Al final para mí, parafraseando a Bogart, habrá un "Siempre tendremos Oaxaca".