martes, 8 de diciembre de 2015

El cerco de Saint-Denis

Por Héctor Zamarrón
A unas horas de los atentados terroristas en París subirse al metro era de por sí inquietante en una ciudad vacía como nunca, pero si además los colegas periodistas españoles que te ven dirigirte al subterráneo te recomiendan no hacerlo, por temor a una secuela (tal y como ellos lo evitaban tras las bombas en la estación de Atocha, en Madrid) pues eso ya mete un poco de miedo.
Aunque no tanto como estar de madrugada en Saint-Denis, caminando a oscuras entre sus edificios de modestos departamentos, de clase baja, a donde llegan a hacinarse los marroquíes y en general los musulmanes provenientes del Magreb que migran a París.
Son poco después de las cinco de la mañana del miércoles 18 de noviembre, hace apenas unos minutos que una balacera se desató en el centro de este suburbio, en un departamento ubicado apenas a cien pasos de su milenaria basílica (construida en el siglo XII).
Apenas si ha llegado un puñado de periodistas que buscamos cómo librar el cerco policiaco y acercarnos al departamento donde tienen cercado al cabecilla de los atentados del viernes 13, un departamento en el tercer piso de un edificio viejo entre la rue de la République y la rue du Corbillon, una zona de edificios de viviendas apiñados como en un laberinto.
Los pasillos huelen a orines, están llenos de basura, nada que se parezca a la Ile de France, más bien recuerda a zonas del DF depauperadas. El tercer mundo dentro de París.
En un callejón, un contenedor saturado de basura sirve de parapeto a la policía. Están nerviosos, se enfrentan a una célula terrorista bien entrenada y dispuesta a cambiar su vida por la de ellos. Al tratar de acercarnos nos encañonan y obligan a retirar.
Encabeza las operaciones la RAID, la policía de élite francesa, ataviada de negro, con pasamontañas y fusiles automáticos, pero también está por acá el ejército para apoyarlos.
El primer asalto al departamento ha fallado, se toparon con una puerta reforzada con un panel metálico que les hizo perder el factor sorpresa. Eso los llevará a intercambiar 50 mil disparos en las primeras horas de las siete que duró el cerco.
El día comienza a despuntar y las calles del barrio se van llenando de periodistas; la televisión llega en decenas de unidades móviles satelitales, los de radio en modernas motocicletas. Otros arriban en taxi, a pie, cómo pueden y conforme se fueron enterando. Al rato, son ya todo un espectáculo, la mayoría instalados en la plaza principal, frente al edificio municipal, el punto más cercano a la acción.
Esta mañana Saint Denis parece un pueblo desierto, la policía ha pedido a los vecinos que no salgan y tampoco les deja abrir las ventanas. A quienes pretenden traspasar el cerco, sean habitantes de la zona o periodistas, les apuntan directa y amenazadoramente. Se huele el miedo en la calle.
El metro está cortado, también el tren, el servicio de autobuses suspendido. Los únicos taxis que aparecen en sus calles son los que traen a los periodistas a la zona y la mayoría se queda en espera. Por las vías del tren, junto al cementerio, se forma una fila de vecinos rumbo a la autopista a París donde, tras caminar tres  kilómetros, esperan encontrar un transporte hacia la ciudad.
En el paso hay una cafetería abierta, casi la única, desde donde el radio transmite música árabe. Sus empleados son musulmanes, como los 500 mil habitantes de este suburbio parisino que predican el Islam.
En eso se parece esta zona al barrio belga de Mollenbeck, donde se crió Abdelhamid Aboud a quien la policía tiene cercado en Saint-Denis.
En otra cafetería en el bulevar Félix Faure, los periodistas entran cubrirse del frío y a beber una taza de café o chocolate, mezclados con los locales que no resistieron la curiosidad de asomarse al cerco policiaco y que, pronto, son cercados también ellos por la prensa deseosa de obtener un testimonio de primera mano.Pardojas de la vida.ᕖ⩐ᠸ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽o para narrar esta nueva guerra, en la que Francia estehensihamid Abooud.
s y con los enlaces e
Un grupo de cinco o seis jóvenes negros sonríen al escuchar la pregunta “¿Disculpen, alguno de ustedes habla inglés, español? Es para México.” y a gritos corean: “México, le Chapo Guzmán, le Chapo Guzmán”. Hasta allá llegó la fama criminal del sinaloense.
Las horas pasan sólo interrumpidas por la eventual salida de ambulancias con heridos o vecinos atendidos por crisis nerviosas, así como por el traslado de los detenidos.
En las calles no hay nadie, los comercios están cerrados, también las escuelas y las oficinas públicas. El silencio sólo se rompe con el tañer de las campanas que marcan la hora o el ulular de las sirenas policiacas.
Minutos antes del mediodía una caravana de automóviles y patrullas llega con el ministro del interior Bernard Cazeneuve a bordo. El operativo ha terminado con un asalto final en que mueren dos terroristas tras la inmolación muy temprano, cerca de las seis, de una de ellas.
El país entero ha seguido por televisión el desarrollo en vivo de los hechos, retransmitiendo videos del momento de la balacera tomados por vecinos y con los enlaces en vivo de reporteros de todo el mundo. Quizá sólo los partidos de la Champions congreguen a tanta prensa internacional en esta parte del mundo y no es raro, París vive su 13-N, como antes vivió Nueva York el 11-S o Madrid su 13-M.
Murieron dos terroristas durante el asalto y hay siete detenidos, informa Cazeneuve, quien agrega que esta célula preparaba nuevos ataques en París. Mas tarde corregirán las cifras, son tres los muertos y ocho los detenidos. También confirmarán la revelación del Washington Post: uno de los muertos, cosido a balazos, es la cabeza de estos atentados, Abdelhamid Aboud.
La RAID es homenajeada por su eficiencia, pues solo tuvo cinco heridos a pesar de lo encarnizado de la balacera. Triste homenaje que sabe amargo al capturar a quienes ya encabezaron una matanza bestial.
 Dieciséis horas más tarde vuelvo al mismo punto, elegido para transmitir en vivo a Milenio Televisión el reporte y la crónica del operativo. Toda la prensa se ha ido ya, incluso la policía, solo queda una pequeña brigada reguardando el trabajo de forenses y peritos.
Saint-Denis está más vacío ahora que hace unas horas. Caminamos para llegar al punto y Hugo, el camarógrafo que me acompaña, comparte su aprehensión por estar ahí a deshoras, pero también es certero al tranquilizarse a sí mismo y a mí: “Quizá esta noche no haya lugar más seguro en todo París que estar aquí”.
Grabamos, transmitimos, intentamos sin éxito conseguir que un taxi llegue a la catedral por nosotros y mejor optamos por caminar. Cerca nos topamos con dos parejas de jóvenes que beben en la calle, a pesar del frío. Son los únicos seres vivos visibles aparte de la policía. Hacerlo a estas horas, después de lo ocurrido, es otro acto de resistencia. Como me dijo días atrás un portugués rubicundo que me escuchó hablar español con un mesero frente a una terraza de la Mairie: “Estar aquí en París en una terraza, bebiendo una copa de vino tras lo ocurrido el viernes es un acto de resistencia”. Luego me cuenta que aprendió español leyendo a García Márquez.
Brasserie La Boutique, rue de Charenton, ile de France
Sonreí pero ya no le pude contar que hoy es mi cumpleaños y que así celebro, horas después de haber pasado la mañana entera en el cerco de Saint-Denis, que sólo estaba en París de paso. Tenía planeado quedarme diez horas y terminé estando casi diez días como enviado especial de Milenio para narrar el inicio de esta nueva guerra, en la que Francia está metida. Paradojas de la vida.

Aeropuerto de Barajas, 19 de noviembre de 2015

lunes, 19 de octubre de 2015

El día que descubrí la metástasis

A Lorena, In memoriam
Un día, muy joven yo, en los tiempos en que Internet aún no existía, escuché un término médico incomprensible y tuve que acudir a la enciclopedia para descifrar su significado. Fue más simple de lo esperado, ahí en la entrada correspondiente a la M se encontraba, justo después de metasicología y antes de metatarso. Fue sencillo hallar la descripción de mestástasis, lo difícil fue asimilar sus implicaciones.
Horas antes había conseguido, por primera vez en el curso de una larga enfermedad, asomarme al expediente médico de mi madre, enferma de un cáncer de pecho que, mal diagnosticado, mal atendido y mal explicado, terminó por llevársela en plena flor de la edad.
Recuerdo con claridad esa definición fatal que me asestó un golpe terrible: comprender que de nada habían servido la mastectomía, las radioterapias y las terribles quimioterapias que la dejaron sin cabello y obligada a utilizar una peluca o una mascada.
El diagnóstico de metástasis en un cáncer implica a menudo una muerte inevitable, más allá de la fría definición como “aparición de uno o más focos morbosos de células neoplásicas o infecciosas a distancia de la localización primaria”. Contundente, fatídico.
Esa anomalía de las células que lleva a que se reproduzcan sin cesar, aun cuando no debieran, hasta convertirse en tumoraciones que terminan con tu vida. Esa aparición sorpresiva, una mañana o tarde alevosa, de una minúscula imperfección en alguno de los pechos, de una bolita sospechosa que, al paso de los días obligará a practicarse una biopsia. Así es el cáncer, o más bien, así era el cáncer.
Todo es distinto, por supuesto, cuando el dinero y la educación ayudan, sobre todo esta última. Cuando se le detecta a tiempo y se le atiende rápido. Cuando te examinas periódicamente, cuando te tocas sin miedo. Cuando hay fondos suficientes para que en los hospitales públicos hagan mastografías oportunas, cuando las campañas funcionan.
Hay miles de historias y lecciones increíbles, lo mismo de compañeras periodistas que de actrices, deportistas y personajes públicos. Desde Alejandra de la Cima hasta Adriana Barraza o Patricia Reyes Espíndola, desde niños en albergues hasta amigas cercanas. 
No deja de ser un mundo paralelo, el de la enfermedad, al cual nos asomamos poco, pero días como hoy hacen necesario echar una mirada a esa lucha diaria y sacar esos recuerdos que, en algo, puedan despertar empatía y hacer que los demás también volteen a ver esas historias.

Pero también para exigir e impulsar políticas públicas que mejoren el servicio de salud, la atención, la información y la educación en esta cruzada contra el cáncer.
Por eso hoy, yo apoyo.
(Un texto escrito hace algunos años, pero que cada octubre recuerdo).

lunes, 6 de julio de 2015

Crónicas de radio

EU gana Copa Mundial de futbol femenil

Un ejemplo de buena crónica deportiva en radio. Georgina González, comentarista deportiva te lo cuenta 
ASÍ LAS COSAS | JULIO 6 DE 2015
http://wradio.com.mx/programa/2015/07/06/audios/1436189280_837550.html


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miércoles, 24 de junio de 2015

El azar y las delicias de un viaje a Oaxaca

El azar y las delicias de un viaje a Oaxaca
Dice Malcolm Gladwell en su ensayo Blink, que muchas de nuestras mejores decisiones las tomamos en un pestañeo, literalmente. Así fue mi encuentro con uno de los mejores mezcales que he probado y que, no, no tiene nada que ver con esos embotellados por jóvenes emprendedores atraídos por la fiebre del oro del agave.
Resulta que junto con mi hermano y familia buscábamos un lugar donde todos pudiéramos observar el proceso de fabricación del mezcal y tras un espléndido viaje a Hierve el agua y sus cascadas petrificadas, bajamos de la sierra hacia los valles centrales cansados, asoleados y extasiados por las sorpresas que la naturaleza te ofrece. En ese estado, la mayoría durmiendo mientras el auto descendía por el camino serpenteante, hice caso omiso de varias “Fábricas” y “Museos” del mezcal con que topábamos al paso. Hubiera sido un agravio despertar al resto, así que enfilamos rumbo a la capital pero, al ser el último día que pasaríamos en Oaxaca, no resistí la tentación al ver un pequeño letrero que decía simplemente “Mezcal”.

No sólo tuve que echar el auto en reversa, pues la decisión la tomé de improviso, además vino el reproche de mi hermano: “Te detuviste en el peor lugar del camino…”. Hice caso omiso y me acerqué a lo que resultó una fábrica verdaderamente artesanal de mezcal, sin artificio alguno y en plena producción. Las “piñas” del agave estaban recién cocidas y desprendían un aroma dulzón que despertaba recuerdos de la infancia en Morelos, de cuando mi madre compraba esas tiras cocidas con piloncillo y las masticábamos con placer. Del sencillo alambique goteaba un líquido caliente que el dueño del palenque nos invitó a probar y su hijo, un pequeño de unos doce años, nos ofrecía la cata: Minero, de Pechuga, Tobalá. Era increíble verlo tomar la caña y sorber directamente de los barriles para que pudiéramos probar.
Para entonces había despertado a todos en los autos y a regañadientes pero me habían acompañado tras la descripción que les hice del lugar. Absortos atendimos la cata, comimos las “piñas” y tomamos mezcal caliente. Un año después, es decir, la semana pasada, regresamos por una nueva dotación de ese magnífico Tobalá, nuestro preferido, aunque también probamos el Tobasiche, producido con un agave especial, endémico de los valles centrales (aquí pueden ubicar el punto exacto de este “palenque”: http://bit.ly/oaxmezcal).
En esta ocasión salimos de nuestro hotel en el centro de Oaxaca tras desayunar en el mercado de la Democracia (mucho mejor alternativa al del centro, ya saturado de vendedores ambulantes). Una salsa de queso, blandas y un chocolate acompañado de pan de yema nos armaron con la energía suficiente para el paseo matutino. Salimos rumbo a San Martín Tilcajete, un pequeño pueblo ubicado a media hora de la capital y conocido por ser, junto con Arreazola, la cuna de los alebrijes, esos extraños monstruos de madera de copal.
El pueblo apenas tiene unos millares de habitantes y cientos de ellos se dedican a tallar y decorar estas figuras de renombre mundial.  Si visitan dos o tres talleres pronto notarán que hay quienes sólo copian y en cambio otros son verdaderamente artistas. El detalle del pintado y las figuras caprichosas revelan si están ante un dotado artesano, como esos que viajan cada año a impartir talleres a Estados Unidos o que aparecen en catálogos de arte. Ya lo verán. 

De Tilcajete pasamos a San Bartolo Coyotepec a conocer su famoso barro negro y de ahí, volando de regreso a la capital donde teníamos una invitación para asistir a una boda tradicional oaxaqueña, con las costumbres y peculiaridades de los valles centrales.
A media fiesta, por ejemplo, llegaron las gigantescas marmotas (gigantes y cabezudos, les llaman en Zaragoza) para animar el baile, ambientado con una banda de la Mixteca alta y de cuando en cuando, con el tronar de los cohetones. Al poco rato, el novio tomó una canasta con un guajolote y comenzó a bailar mientras los demás intentaban quitarle una pluma a su paso. Afortunadamente, era un muñeco y no uno de verdad como cuentan que hacían hasta hace unos años en los pueblos que rodean la capital.
Al día siguiente nos esperaban para “la bendición a los novios”, una ceremonia sin sacerdote, en la cual cada miembro de la familia pasa a dar sus buenos deseos a la pareja y a darles la bendición, tras de lo cual hay una nueva comida (con más mezcal y mole), nuevos bailes, trajes típicos y una fiesta interminable. Íbamos como invitados de la familia del novio, pero al llegar resultó que conocíamos a la familia de la novia también, eso fue divertido y una sorpresa para todos.

De este viaje a Oaxaca tampoco puedo omitir la visita que hicimos a la guarida de Francisco Toledo en San Agustín Etla, una localidad conurbada a unos cuantos kilómetros de la ciudad. Un camino sinuoso que parte de la carretera Panamericana lleva hasta la antigua hidroeléctrica La Soledad y la fábrica de hilados, cuyo edificio restaurado ocupa hoy el Centro de las Artes de San Agustín, un espléndido centro cultural que alberga exposiciones y ofrece talleres para la comunidad, así como estancias para artistas y diseñadores.
A un lado del edificio construido en el siglo XIX, se desciende hacia el taller de papel donde es posible comprar obras del pintor oaxaqueño (sobre todo grabados en papalotes), y con un poco de suerte presenciar el proceso completo, desde la fabricación del papel a partir de fibras naturales (maguey, algodón, ixtle, etc.), hasta el entintado e impresión de los famosos grabados. Ahí ofrecen visitas guiadas para comprender y seguir todo el proceso, a cargo de una cooperativa, y a nosotros nos tocó además  ver todos los papalotes que no se vendieron y el mismo Toledo ordenó destruir.
Así que al final de la visita, llenos de artesanías, comidas exquisitas, mezcal, barro, cultura y arte, emprendimos el regreso a casa pero como variante, en lugar de volver por la autopista a Puebla, tomamos el antiguo camino rumbo a Huajuapan de León, Izúcar de Matamoros, Cuautla y el DF, es decir, por la antigua carretera Panamericana. Un poco más largo el viaje pero lleno de paisajes que valen el tiempo extra.
Al final para mí, parafraseando a Bogart, habrá un "Siempre tendremos Oaxaca".