¿Cuánto
horror es demasiado? ¿Hay límites para la barbarie?
Ya lo que
ocurre en México no parece materia de sociólogos, periodistas o politólogos, pues
nuestras herramientas de análisis se revelan insuficientes para explicar la
tragedia de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa.
De esa
población, sede de una remota escuela rural para maestros ubicada en las
montañas de Guerrero, partieron hacia
Iguala de la Independencia los 43 jóvenes cuyos cuerpos fueron tirados a un basurero y quemados durante 14
horas, con diesel, gasolina, llantas, leña y plástico, para después fracturar
sus huesos calcinados, meterlos en bolsas de basura y vaciar estas a un río.**
Todo, por
órdenes de un alcalde arribista impulsado por la izquierda y cuya policía
municipal los secuestró y entregó a un cártel del narcotráfico aposentado en
esa región donde florece la mariguana y se cultiva con prodigalidad amapola.
| Chilpancingo, septiembre 2014 |
Hoy habrá
que llamar a los antropólogos, sicólogos o filósofos para que encuentren cómo
llega el ser humano a esos límites, espeluznantes.
México lleva
casi una década sumergido en el terror cotidiano de la lucha contra el
narcotráfico y el crimen organizado, entre feminicidios y desaparecidos (22 mil
personas “no localizadas”, dice el eufemismo oficial), y aunque las masacres
están terriblemente documentadas como en San Fernando, en ese lapso no hemos
llegado a lo que Deleuze llama la normalización del terror… o no habíamos
llegado.
Cuando a
fines de 2006 en la redacciones mexicanas tuvimos que decidir qué hacer ante la
noticia de que un bar de Uruapan, en el estado de Michoacán, habían tirado
cinco cabezas, nadie podía haber imaginado la espiral que seguiría y que hoy
nos tiene frente a la movilización social más grande de los últimos años,
movida por la indignación y el azoro.
Esa
movilización tocó anoche a las puertas de Palacio Nacional, donde un grupo
violento pretendió prenderle fuego e irrumpir en la sede del Ejecutivo, quien
se encuentra de gira en Asia y Oceanía, intentando darle otra narrativa al
país, otros temas de qué hablar, para poder seguir adelante.
Sólo que las
familias de esos 43 jóvenes –todos entre 18 y 22 años, eran la generación de
primer ingreso, “los pelones” les llamaban por ese rito de paso que obliga a
rapar a quien llega a bachillerato—no aceptan la versión oficial y mientras no
se compruebe con estudios científicos que son sus hijos seguirán peleando en
las calles por justicia.
Y con ellos
millones de personas que se han movilizado en todo México con paros en las
universidades (públicas y privadas), manifestaciones y acciones de todo tipo,
que incluyen bloqueos de carreteras en Guerrero, Michoacán y Oaxaca, sobre
todo.
Así que pese
al informe oficial del viernes pasado, Ayotzinapa seguirá como un capítulo sin
cerrar, en medio de la peor crisis de derechos humanos que hemos vivido en
México en décadas.
Sólo queda
dejarle un espacio a la esperanza e impedir que se cumpla esa sentencia de
Nietszche en Más allá del bien y del mal:
“Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando
miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti”.
Por Héctor Zamarrón
* Publicado en El Mundo, http://www.elmundo.es/internacional/2014/11/10/545fd1e2ca47413d438b4579.html
** Textual, del informe del Procurador General de la República a los medios, 7 de noviembre de 2014 (http://bit.ly/1tuJnrc)
** Textual, del informe del Procurador General de la República a los medios, 7 de noviembre de 2014 (http://bit.ly/1tuJnrc)