martes, 23 de octubre de 2012

El manual del miedo

El manual del miedo o el periodismo en tiempos del narco

Managua, 23 de octubre de 2012*


Héctor Zamarrón

¿Cómo hablar del periodismo en México, en un país golpeado por  la violencia, por el narcotráfico, por la corrupción y por la división política?, con esa pregunta comienzo.
   
     No hace falta insistir en que como pocos países en el mundo, México es hoy sinónimo del horror y foco de atención por las nuevas, terribles e incluso macabras formas que ha cobrado la violencia del crimen organizado y su combate.
   
     Más que disertar sobre el tema, sólo quiero compartir con ustedes nuestra experiencia, pues esta ola de terror no es ajena a Centroamérica, que también ha vivido episodios dolorosos, y que de lo aprendido por los periodistas mexicanos quede algo para la reflexión.
   
     En octubre de 2006, cuando apenas asomaba esta nueva forma que cobró el narco, recibimos en la redacción la foto de cinco cabezas humanas tiradas en el piso de un bar en Michoacán. El hecho era condenable y por supuesto, publicable como noticia, pero enfrentarnos a la decisión de difundir la imagen fue diferente, no estábamos preparados para lo que se nos venía encima.

     A partir de ahí todo fue aprender y poner la piel dura para poder asimilar lo que nos ocurría como país, como gremio y como sociedad, porque lo que experimentábamos era sólo reflejo de un cambio dramático en el que también éramos actores.

     Así nació “El manual del miedo", como llamé a la serie de reglas no escritas que los reporteros comenzaron a aplicar en las zonas más afectadas por el crimen organizado. Les comparto sólo algunas.

CUANDO SE CUBRE VIOLENCIA...

1.   No llegas antes que la policía o las fuerzas armadas al lugar de un crimen, aunque te enteres por tu cuenta o aunque te lo reporten los vecinos.

2. En cobertura, nunca te cruzas frente a las cámaras de los colegas y si estás a cuadro, mejor te quitas el anillo de casado, que no sepan que tienes familia.

3. Nunca bautices, pongas motes, apodos o alias a los narcos, aparte de los que ellos mismos o las autoridades utilicen.

4. Nunca publiques información sobre la familia de los narcos, es lo que menos toleran y también ellos viven en el temor cotidiano.

5. Evita hablar de crimen organizado en tus reportes sobre hechos de violencia, eso agrava las penas para los detenidos y, suelen decir, ellos son lo menos organizado que puede existir.

6. Si te invitan a una “conferencia de prensa” organizada por desconocidos, más te vale asistir, aunque el riesgo es que después te tilden de tener nexos con el narco.

7. Debes tener protocolos para tus enviados, tanto para llamadas como para publicación de sus textos o reportajes.

8. Aprende que en cobertura de violencia las “exclusivas” no existen.

9. Teje redes de autoprotección

10. Llegas, grabas y te vas, nunca “calientes” de más una plaza.

11. Desconfía de las autoridades locales (ya ahí está el caso Iguala como muestra).

12. Ubica dónde está la zona militar, puede ser tu refugio en una emergencia.

13. Nunca portes tus tarjetas o credenciales innecesarias, basta con la del medio.

Desde la ciudad de México, instalados en la comodidad del altiplano y lejos del terror que se vivía en el norte y otros estados, era sencillo reportar lo que pasaba en un inicio, pero pronto, todos, incluidos los periodistas de la capital, descubrimos que algo andaba mal, muy mal.

Nos dimos cuenta cuando...

... el horror se materializó en la redacción porque a un  corresponsal lo amenazaban.

... la sugerencia era no firmar notas de violencia, sino atribuirla a la redacción

... o lo mejor era firmarlas para que quedara claro quién era el responsable de la información.

... se volvió común mandar a nuestros reporteros a capacitarse para coberturas de violencia.

... los mismos reporteros solicitaban el Ejército enseñarles a disparar y proteger sus vidas.

Y así, un día  en la redacción:

...  tuvimos que aprender la genealogía del narco en México,  la historia de El Chapo, de El Lazca, de Osiel Cárdenas, de Los Caballeros Templarios, de la terrible Familia michoacana, de La Tuta, de El Chango Méndez.

... y un día tuvimos que aprender el lenguaje de los cárteles y nuestras páginas se llenaron de términos como halcón,  jefe de plaza, levantón --un terrible eufemismo para nombrar a las desapariciones forzadas--, sicario y derecho de piso.

... y un día aprendimos que cuando se cede ante un cártel sólo te queda esperar la orden del siguiente cártel.

... y un día entendimos porqué  la gente de Juárez, de Reynosa, de Laredo, de Monterrey dejó de hablar de cárteles y comenzó a hablar de malosos, malandros, civiles armados.

     Entonces, es que ya teníamos al narco hasta la cocina.

     En 2009, uno de nuestros reporteros de la fuente policiaca, Eliseo Barrón, fue asesinado en el estado de Coahuila, en la Laguna.

     En  marzo de 2010, un reportero y un camarógrafo de MILENIO Televisión fueron levantados  en Reynosa, Tamaulipas. Llevaban cuatro días como enviados, sus trabajos estuvieron en nuestra pantalla antes de su desaparición. Esa vez los sicarios fueron piadosos, los dejaron vivir. Ellos tomaron el primer vuelo de regreso y pidieron no hablar más del tema, así lo consignó nuestro director.

     Descubrimos que el horror es un pozo sin fondo, porque a una noticia terrible sólo le sigue otra  más terrible aún.

     En un corto lapso tuvimos que reaprender el oficio, volver a encontrar la forma de hacer periodismo en las regiones silenciadas por el narco, a buscar reportes en las redes sociales ante el silencio de la autoridad, a protegernos a nosotros mismos.

     Nos rebelamos frente a la inacción y conseguimos la unidad con otros medios, aunque esta sólo  llegó a fuerza de golpes.

     En marzo de 2011, unos 50 medios de comunicación, entre diarios, estaciones de radio, televisoras, y páginas web firmamos un acuerdo para la cobertura de la violencia (http://bit.ly/TZsZxE), intentando agrupar los esfuerzos individuales, o de empresa, hechos hasta entonces para evitar sucumbir ante la ola criminal.

     Firmamos un convenio de reglas simples para proteger a nuestros periodistas, respetar a las víctimas, no obstruir el combate al crimen, con el compromiso de dimensionar y contextualizar lo que ocurría y para solidarizarnos ante cualquier agresión a  los colegas.

     En esencia, ese acuerdo nos hizo compartir y enfrentar en mejores condiciones la pesadilla en que se convirtió la guerra entre cárteles y la política elegida para combatirla, aunque no la desapareció, pues esta aún persiste entre nosotros.

     Al final,  como decía Pedro J. Chamorro Cardenal, cada quien conoce el tamaño de su propio miedo... y de su propia pluma, diría yo.  Nos queda entonces  el aprendizaje de no dejar que éste nos paralice, de combatir al horror con la única arma que tenemos, nuestra pluma.

* Texto leído durante la entrega del Premio de Periodismo Pedro Joaquín Chamorro